jueves, 3 de abril de 2008

Entrevista a Antonio López



Antonio López habla de su antológica en el museo de Boston: un centenar de piezas de toda su obra.

Pregunta. Expone junto al Greco y Velázquez. ¿Cómo le plantearon este proyecto?

Respuesta. No sé exactamente cuál es el argumento. Querían completar la exposición del XVII con un artista contemporáneo y pensaron en mí. Vieron que había algo que estética y armónicamente tenía que ver con todo aquello. Ese museo exhibe una donación de unos coleccionistas neoyorquinos de arte figurativo del siglo XX en la que hay mucha obra española reciente. Tienen unas 12 obras mías en su colección.

P. ¿Tiene algo que ver con la que hace un año programó el Reina Sofía a propósito del Premio Velázquez de Pintura y que finalmente fue cancelada?
R. No tiene nada que ver. Aquélla no se hizo porque no había tiempo para prepararla. Tendría que haberse hecho con obra posterior a 1993, fecha de la anterior y ser una prolongación de aquélla. No iba a acarrear todo lo que ya había sido visto en el mismo sitio de la misma ciudad. En Boston se exhibirá mi trabajo desde que merece la pena mostrarse. He participado en la selección, aunque faltan obras que no me han prestado porque ya lo han hecho muchas veces.

P. ¿Hay alguna ausencia que le duela especialmente?
R. No quiero dar nombres, pero la verdad es que me hubiera gustado que estuviera el de la niña jugando en la terraza. No ha podido ser.

P. ¿Viajan obras inacabadas?
R. Claro. Además, ¿qué significa sin acabar? Nadie lo sabe. Cuando hay una sustancia lo suficientemente densa, la obra está acabada.

P. En el sótano de su casa, donde guarda esos lienzos inacabados, estaba la pintura que inspiró a Víctor Erice El sol del membrillo.
R. El membrillo se vendió. Durante el rodaje de la película, que duró tres meses, hice un dibujo y una pintura. Y ambas se vendieron. Inacabada fue la pintura. El dibujo sí se terminó.

P. ¿Qué recuerdo guarda de aquella película?
R. Quedó maravillosa. Una gran historia sobre este mundo. Mucho mejor que la de Picasso que hizo Henri-Georges Clouzot [El misterio de Picasso, de 1956].

P. ¿No le han vuelto a tentar con un proyecto similar?
R. Ha habido alguna cosa, pero con una vez basta.

P. No ha sucedido así con sus exposiciones en el extranjero, que se repiten con cierta frecuencia. Trabajar para una galería como Marlborough habrá influido en esa proyección.
R. No sé. Ha salido así. Estuve entre 1960 y 1970 con Juana Mordó, que lo programaba todo fuera de su galería, en Italia, Francia, Nueva York. No había estrategia. Así ha sido mi recorrido, bastante atípico.

P. Atípico, pero sin altibajos. ¿Nunca ha sentido parálisis?
R. De manera prolongada, no. Tengo tanta fe en mi trabajo y en mí mismo que aquí sigo. Tengo 72 años y he llegado al estudio para hacer la entrevista directamente de la fundición. Sigo con la misma ilusión. En los momentos difíciles, que los he tenido como todo el mundo, siempre he seguido trabajando.

P. Tampoco se han percibido cambios bruscos en su forma de crear.
R. No estoy de acuerdo. No ha habido un cambio radical, pero cambios hay. Y muchos. ¿Sabe cuál es el artista que ha cambiado más sin que se hable de esos cambios? Velázquez. Lo aprecias cuando contemplas la obra en su totalidad. Desde los cuadros oscuros sevillanos hasta Las meninas y Las hilanderas, esas glorias de luz y de color, notas todo el recorrido extenso y profundo que ha hecho. Se habla de las mutaciones de Picasso, de Goya, pero nadie ha cambiado tanto como Velázquez. Sin pretenderlo, sino porque, sencillamente, la vida le cambió a él. En mi caso, igual. Te tiene que cambiar la vida. Hay cambios tan profundos que solamente sabiendo que son de verdad puedes valorar su esencia.

P. Su pintura ha sido especialmente bien acogida entre los coleccionistas estadounidenses.
R. Eso ha sido así en Nueva York, ciudad que yo considero que es EE UU y donde yo expongo de una forma regular. Expuse allí por primera vez en 1965 y luego en el 68. En esos años se producía el nacimiento del pop, el realismo que surge en América en ese momento. La gente estaba muy sensible al lenguaje figurativo, le interesaba comparar el movimiento pop con el realismo europeo que yo representaba en ese momento. Pero yo lo supe por las críticas, porque hasta 1985 yo no viajé a Nueva York. Conocía la ciudad por verla en mil películas, pero yo no había estado allí.

P. Y al fin entró en la película.
R. No tuve esa sensación. No me impresionó. Me pareció pequeña. Todo era provisional. Al volver años después, me ocurrió lo mismo, nada. Puede que esté harto de las ciudades grandes.

P. No le interesan...
R. Estoy harto. Me interesa Madrid. Es uno de mis grandes temas. Pero lo hago más por interés que porque me guste la ciudad.

P. Es el personaje principal de su obra.
R. Es como el Purgatorio para Dante. Los grandes temas suelen ser algo subyugador para nuestra vida. Madrid lo es para mí y en cambio jamás podría serlo Nueva York. Sin conocer EE UU, sí le digo que me gustaría conocer esa América más pequeña, eso que se llama la América profunda.

P. Usted, que es amante del cine, habrá visto cómo se retrata esa América terrible y profunda.
R. Claro. Ya en las películas del Oeste empezamos a ver ese retrato que ha acabado en un cine perfectamente trabajado como No es país para viejos, de los Coen. La gran ciudad se retrató de forma genial en el cine negro. Los americanos tienen una gran ventaja a la hora de retratar sus ciudades: su historia es muy reciente, está en el XIX y XX. Y no olvidemos el gran talento de sus cineastas, que no han contado con un arte anterior, pintura o escultura, que les pueda desorientar. Fíjese en lo que es en Europa, en el neoclásico; el volver a los griegos. Los americanos no han tenido eso. Por eso tienen un arte tan vivo.

P. ¿Más vivo o más pobre?
R. Es muy directo y eso me parece extraordinario para el arte en todas sus manifestaciones: pintura, escultura, literatura, cine. Puede que no tenga todos los sedimentos y raíces profundas. Es su gran ventaja respecto a nosotros.

P. ¿Qué artistas contemporáneos le interesan ahora?
R. No sé qué es lo contemporáneo. Ocurre que aquí llega con mucha dificultad...

P. ¿Por razones del mercado?
R. Primero tiene que saturarse Estados Unidos y cuando rebosa, las cosas salen fuera.

P. A usted no le ha gustado mucho viajar.
R. Mi generación no viajaba aunque lo necesitáramos. No teníamos cómo hacerlo. Mi trabajo me ha anclado mucho a un lugar concreto. De todas formas, yo viajo mucho, cojo mucho el metro. Pienso como esos que dicen que conociendo a una mujer bien, se conoce a la mujer. Pues conociendo bien un lugar, Madrid en mi caso, se conocen todos los lugares. Lo creo sinceramente, aunque yo no lo haya decidido. Yo no he decidido mi vida, tengo esa sensación. He sido como obediente a algo que me ha hecho hacer las cosas de una determinada manera. Es la sensación que tengo.

P. Rafael Azcona decía que a las más grandes o miserables situaciones se llega de una manera ajena a la decisión del hombre.
R. Nuestra generación se movía en el espacio que encontrábamos. Los que nos han seguido se han podido mover en un espacio inabarcable. Nosotros, no. Hay que aceptar lo que cada época da a los que nacen en ella. Es una circunstancia que no nos ha dado nada. Ni bueno ni malo.

P. ¿Ningún poso de insatisfacción?
R. En absoluto. Viví una infancia maravillosa. He comido bien, he trabajado muy a gusto, he conocido a gente fantástica y he vivido una vida muy libre. ¿Qué puedo pedir?

P. Poco más. ¿En qué trabaja?
R. Mi última salida ha sido en el metro rumbo a la Gran Vía. Tengo empezadas seis vistas de la Gran Vía. Desde que nace en Alcalá hasta su final en la plaza de España. Son seis puntos desde el exterior y uno desde un interior. Y ahora tengo que rematar las cabezas que he hecho para Atocha. Tienen unos tres metros de altura. Representan la cabeza de mi nieta, que ahora tiene tres años y cuando empecé con ellas tenía uno. En una duerme y en la otra está despierta. Son un encargo de Fomento para la estación de Atocha. En un mes y medio estarán instaladas en el vestíbulo de acceso a las vías de alta velocidad.

P. ¿Y cómo lleva ese cuadro suyo de la familia real que lleva más de una década pintando?
R. Avanza. Pero no quiero tratarlo como a un encargo. Quiero que queden vinculadas al tipo de trabajo que he hecho siempre. No quiero forzar nada.

P. Eso quiere decir que no avanza nada.
R. Le he puesto una fecha, octubre.

P. Habrá que ver...
R. Bueno, cosas más difíciles he hecho. Dejé de fumar en 1993 y no he vuelto. Sueño que fumo... Tal como está todo, lo importante es que las cosas queden bien. Reconstruir ese tema, el retrato colectivo real, es un esfuerzo grande. Tiene que transmitir sinceridad y ser entendido por todos. No sé cómo me atreví a aceptarlo. No han posado prácticamente nada y yo no trabajo así. Está hecho a partir de unas fotografías. Francisco y Julio López y yo lo hicimos con las esculturas de Valladolid, pero el lenguaje de la pintura es otro. Tienes que retomar un tema tratado por la fotografía.

P. Decía antes que ahora no se valoran las cosas bien hechas...
R. La aportación tiene que tener un interés que cubra las expectativas de lo contemporáneo. Si no tiene ese interés, todo lo que se entiende como bien hecho, como dominio del oficio, sirve para poco.

P. ¿A qué expectativas se refiere?
R. Tiene que tener un lenguaje cuya aportación sea nueva para la figuración. Un cuadro de ahora, no se puede parecer al de otras épocas. Tiene que tener un elemento espiritual, ético, estético, un conjunto de cosas que justifique que se haga en un momento en el que se trabaja por lo general fuera de ese territorio. Sólo ahí tiene espacio la figuración. Y naturalmente, tiene que estar muy bien hecho, como también lo tiene que estar la abstracción. Pero ya no se habla de lo bien hecho, sino de lo que pueda sorprender. El gran arte de todas las épocas siempre ha necesitado que el contenido tenga hondura y que el espectáculo de su lenguaje sea atractivo. No me parece difícil, lo que hace falta es que te dejen hacer las cosas. Si te dan patadas desde que empiezas, vamos mal.

P. Su figuración no ha sido siempre bien entendida.
R. No tengo esa sensación. Mi primera exposición fue en 1955. Entonces éramos modernos, como los no figurativos. La ruptura con todo lo tradicional se hacía desde la figuración y la abstracción. Los coleccionistas y los galeristas eran los mismos para todos. Incomprensión hay siempre. Me ha pasado a mí, a Barceló, a Picasso. Estoy harto de Picasso, y eso no quiere decir nada.

P. ¿Harto de Picasso?
R. Estoy hasta las narices. Me parece que ha abusado de demasiadas cosas. Todo evoluciona. Me aburre tanto como hablar de la figuración y de la abstracción.